No sé si lo hizo porque quiso arreglar la cara larga de la noche anterior cuando le dije de cocinar o qué, pero me despertó con música tranqui y me llevó el desayuno a la cama. Completo, hasta con juguito exprimido.
Era domingo y como ya estábamos en otoño era de esos días soleados y fríos. Nos fuimos hasta la plaza, compramos unos chipá, armamos el mate y le dimos de comer a las palomas. Re cursis. Caminamos agarrados de la mano, hasta que me cayó la ficha y:
'Marcos, pará, yo estoy embarazada. O sea, voy a ser mamá. Y vos papá y mi mamá abuela, ¿no?. Entonces tiene que salir todo bien y desde ahora tengo que ir hablando con un profesional. Un obstetra, un pediatra, un clínico, un cardiólogo, lo que sea. Porque yo lo quiero tener en una clínica, con lo mejor que se pueda. No me vas a venir, vos que sos medio hippie, con eso de tenerlo en la casa ni en la selva ni en medio de la calle, ¿estamos?' - y se espantaron las palomas.
'Sí amor, yo también quiero lo mejor para la nena' - me respondió con toda la traquilidad.
'Pará pará, que yo quiero tener un varón así que va a ser un nene y vos vas a querer lo mejor para el nene' - me alteré.
La gente me miró como diciendo "y a esta loca qué le pasa" y la verdad que tenían razón. Hasta ese momento no me había dado cuenta del todo. Era más como cuando hacíamos los chistes de adolescente o cuando soñabas con estar con un bebé en brazos. Y ahora realmente había caído que lo de la semillita era verdad y me estaba pasando a mí.
Me puse histérica y obsesiva, más de lo habitual. Marcos no entendía nada. Y me miraba. Yo hablaba, casi que gritaba, como si lo estuviera retando. Sin ningún tipo de motivo me puse caprichosa con un varón. Pero no sabía por qué.
Me tildé un minuto, se me juntaron todos los hechos de los últimos días y dije: 'estoy embarazada' y me largué a llorar.
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Hace 3 años