Todos se callaron y miraron al doctor sorprendidos. Aparentemente no era la única que había pensado que lo había perdido. Como en las películas, pasaron todos del llanto a la alegría y empezaron a gritar eufóricos y ansiosos con la noticia.
Me tranquilicé por un segundo. Pero después me dí cuenta que estaba por ser mamá. También me pregunté si el bebé estaba preparado para salir, si se había terminado de formar o si habría algún problema. Después de todo, iba a ser ochomesino.
Los doctores me informaron que no había ningún problema, el cuerpo estaba formado y todos los órganos bien diferenciados. A lo sumo, no habría terminado de crecerle el pelo, las pestañas o uñas, pero luego le desarrollarían. Nada de qué preocuparse. Aparentemente.
Marcos estaba paralizado, duro, no se movía ni decía nada. De pronto empezó a gritar y a querer controlar todo. Lamentó no tener una grabadora para poder tener el recuerdo de ese hermoso momento que estábamos por vivir. Se abrazó a mis viejos y ellos lo sacaron carpiendo por el olor que tenía, realmente era asqueroso.
Me sugirieron hacer una cesárea, pero me negué rotundamente. Siempre había soñado con el parto natural, así que no quería nada raro, ni peridural; no quería ver agujas ni pastillas, nada. De haber podido hasta lo hubiese echo en casa, pero en ese momento no estaba para imponer condiciones. Sólamente que respeten mi decisión. ¡Si había que sufrir y hacer fuerza, lo hacemos carajo!
Me secaron la cara, me abrieron las piernas, me prepararon todo y echaron a todos de la habitación. Se vació la pieza, sólamente quedaron un par de médicos y enfermeras. Marcos pidió quedarse, quería presenciar el parto de su hijo. Mis viejos esperaron afuera.
Arrancó tipo 6 y media de la tarde y me acuerdo cada segundo. Todavía tengo las imágenes guardadas en mi retina. Creo que nunca hice tanta fuerza como ese día, creía que se me iban a salir los órganos. Afortunadamente no pasé vergüenza en algún exceso de fuerza ni se me escapó nada que no tenía que salir. Marcos me agarró de la mano y me incitaba a seguir, que iba bien y que estábamos a punto de hacer el gran cambio de nuestras vidas. Me repetía incansablemente que era una mujer con todas las letras y que me amaba. Yo puse en práctica los ejercicios de respiración pero no me sirvieron para nada.
'Pujá, pujá, dale que ya sale. Venís genial, un poco más, ¡ahora!' - eran las palabras del doctor.
'Ya salió la cabeza, vamos que ya está, dale, un último esfuerzo, ¡vamos!' - a lo que yo contestaba con un ¡¡¡¡AAAAAH!!!! que se escuchaba hasta el pasillo.
Cuando salió sentí que me había pasado de mambo y había largado lo que no tenía que largar, ustedes entenderán. Pero cuando escuché el llanto, me relajé y sonreí como nunca. Fue la mejor sensación del mundo, incomparable con cualquier cosa. Lo miré a Marcos y él me susurró 'ya está, somos mamá y papá ahora. Te amo'.
En medio de los aplausos y la llenada de besos que le dimos al bebé, nos interrumpió el grito del doctor: '¡Opa, opa, opa! Parece que esto no terminó acá. Se viene la segundaaaa, aro aro aro'.